Por Gabriel Zaid
La pobreza puede quedar atrás en unas cuantas décadas. Pensar que será eterna ayuda a perpetuarla. No hay que confundirla con la desigualdad, que no terminará, porque también existe entre los millonarios. Si toda la población fuese millonaria, la desigualdad persistiría.
La pobreza es económica, la desigualdad es social y política.
La desigualdad social en la democracia moderna se cultiva con pasión. Buscar criterios nunca vistos de jerarquización para Guinness se vuelve noticia.
La desigualdad económica es una de tantas, pero facilita otras. La riqueza ayuda a acumular distinciones. Además, el dinero es un criterio fácil de aplicar. Es más fácil jerarquizar a los artistas por su éxito económico que por su arte.
Muchas desigualdades son injustas y deben terminar: desde luego la esclavitud, la discriminación racial. Pero la desigualdad económica no tiene esa importancia (no es injusta por sí misma), ni puede impedirse. Lo importante es que todo ser humano disponga de suficientes calorías, proteínas, agua potable, ropa, techo, vacunas, vitaminas; y esto es algo que se puede lograr. Lo que no tiene importancia, ni se puede lograr, es que todos igualen a todos los demás. Menos aún (aunque se recomienda mucho), que todos superen a todos los demás.
Dos economistas italianos cuantificaron el estudio de la desigualdad. Vilfredo Pareto (1848-1923), a partir de estadísticas fiscales de varios países, descubrió que el número de contribuyentes con ingresos superiores a equis es inversamente proporcional a equis, elevado a una cantidad que está entre 1.35 y 1.73 .
Corrado Gini (1884-1965) estableció una medida de la desigualdad, que puede ir de nula (0) a total (1). En la Wikipedia ("Gini coefficient"), puede verse la evolución de 1950 a 2010 en varios países.
La desigualdad económica también puede medirse sectorialmente. Hay más desigualdad entre la población urbana que entre la campesina (lo cual refleja que la desigualdad aumenta sobre todo por arriba: por los que mejoran).
Los aumentos de productividad no mejoran automáticamente la distribución del ingreso ni el bienestar. Tanto la revolución agrícola como la industrial tuvieron un primer momento empobrecedor: disminuyeron el tiempo libre, la nutrición y la salud, aunque aumentó la producción.
Hacia 1970, era un dogma universitario que la burguesía era dueña del Estado; es decir: que la desigualdad política provenía de la económica. Esto se decía incluso en los países donde el Estado es la vía para enriquecerse.
Un dogma paralelo venía de la tradición campesina. Si todos producen de la misma manera, ¿cómo explicar que alguno tenga más? O tuvo suerte (que debe compartir, al menos simbólicamente, para apaciguar las envidias); o hizo un pacto con el diablo; o despojó a los otros. Las ganancias de unos salen de las pérdidas de otros.
Esto último fue elevado a teoría de la explotación por Marx. Una vez que los productores se liberan de la servidumbre feudal (la explotación de los guerreros), pasan a depender del mercado; donde no pueden ofrecer productos, porque no tienen medios de producción. Su única mercancía vendible es su trabajo. Y el patrón les paga menos de lo que su trabajo produce: únicamente lo necesario para que subsistan, despojándolos del resto.
Una forma popular de esta teoría circula como argumento en favor de trabajar por cuenta propia: "Nadie se hace rico trabajando para otros". Pero muchos asalariados se han hecho ricos trabajando para las grandes empresas, el gobierno y otras instituciones, con sueldos, digamos, de cien veces las ganancias de una pequeña em-presa.
En realidad, la explotación (cuando la hay) no se reduce a un solo esquema. Hay empresas que benefician sobre todo a los dueños, pero las hay que benefician sobre todo a los ejecutivos, o a los líderes sindicales, o a los proveedores, o a los clientes, o a los bancos, o al fisco; o a los dueños de la tierra y las construcciones, la marca, el permiso o la franquicia. Y abundan las empresas que son un mal negocio, aunque benefician a la sociedad.
Otra conseja es que los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres más pobres. Pero no se puede ignorar a los que cambian de posición, hacia arriba o hacia abajo. Muchos desconocidos se vuelven millonarios y muchos millonarios se arruinan.
Según las cifras de Maddison, China concentraba el 32.9% del PIB mundial en 1820, frente al 1.8% de los Estados Unidos. Lo cual se explica por qué China tenía una población 38 veces mayor. A pesar de lo cual, para 1950 los Estados Unidos concentraban el 27.3% frente al 4.5% de China. Y es posible que las posiciones vuelvan a invertirse. Basta con que China llegue a la tercera parte del PIE por habitante de los Estados Unidos.
Históricamente, el progreso ha generado desigualdad, porque no es general y simultáneo. Si, en una comunidad igualitaria donde todos son pobres, la décima parte mejora, disminuye la pobreza.Pero termina la igualdad.
Muchos programas de bienestar tienen ese problema. Es común, por ejemplo, que empiecen por la pobreza urbana. Por algún lado hay que empezar, y ahí la operación es más sencilla, barata y visible (además de que la población urbana tiene más capacidad de protesta y agradecimiento electoral). Pero la consecuencia es que aumenta la desigualdad.
Se entiende que las innovaciones productivas aumenten la desigualdad. En primer lugar, porque empiezan en alguna parte y tardan en generalizarse, si es que llegan a hacerlo. Peor aún: porque muchas no se pueden generalizar. Si se originan entre los que tienen más recursos, si están diseñadas para su mundo y exigen grandes inversiones de capital, los pobres no las pueden adoptar.
Afortunadamente, no todas son así. Las vacunas, el teléfono ce-lular, los microcréditos y muchas otras innovaciones son ideales para aumentar la productividad y el bienestar de la población de menores recursos. Cuando los pobres pueden hablar por teléfono, tienen un recurso productivo y hasta un lujo que no tuvo Creso.
Es un hecho que la producción del planeta ha venido aumentando, sobre todo en los últimos siglos. La explotación de unos por otros, aunque existe, no explica este aumento. Si todo se redujera a explotación, no habría riqueza adicional, sino mera redistribución de lo mismo.
La productividad depende de la naturaleza, de la creatividad acumulada en la cultura y de la misteriosa voluntad de producir.
Las innovaciones empezaron en alguna parte, en algún momento prehistórico. A partir de esos focos (que, por serlo, introdujeron la desigualdad), las innovaciones se difunden por el planeta (hoy, a mayor velocidad que nunca). No es un proceso lineal. (Ni siempre positivo. También las innovaciones destructivas se contagian como epidemias.) Hay variaciones en el ritmo, la extensión y la respuesta creadora de cada cultura. Uniformar el resultado no es posible ni deseable, aunque el proceso mismo es global desde la prehistoria.
Con la riqueza actual, sobran recursos transferibles (comercialmente en muchos casos, solidariamente en otros) para que los pobres multipliquen su productividad y bienestar con inversiones muy pequeñas. Afortunadamente, hay cada vez más iniciativas y experiencia sobre cómo lograrlo. No hay que ser adivinos para ver que la pobreza terminará.