En busca del ocio
ANDAR Y VER / Jesús Silva-Herzog Márquez EN REFORMA
25 febrero 2026
¿Trabajamos para poder descansar? ¿Descansamos para trabajar? Obra y sueño son dominios de la necesidad. Producimos y nos echamos a dormir para preservar la vida del animal. Obtener combustible y reposar la máquina.
Por eso Aristóteles pensaba que quien trabaja no puede ser libre. La libertad y la felicidad estaban en otro sitio: en la contemplación de la belleza, en la reflexión, en el servicio. Las vidas del artista, del filósofo y del estadista eran su modelo de plenitud.
Agnes Callard, la filósofa de la Universidad de Chicago que ha hecho suyo el imperativo socrático de vivir filosóficamente escribe un ensayo en el número más reciente de la revista Liberties sobre la importancia del ocio.
Por eso Aristóteles pensaba que quien trabaja no puede ser libre. La libertad y la felicidad estaban en otro sitio: en la contemplación de la belleza, en la reflexión, en el servicio. Las vidas del artista, del filósofo y del estadista eran su modelo de plenitud.
Agnes Callard, la filósofa de la Universidad de Chicago que ha hecho suyo el imperativo socrático de vivir filosóficamente escribe un ensayo en el número más reciente de la revista Liberties sobre la importancia del ocio.
El ocio no es trabajo ni es descanso. No es la ocupación que nos da un salario; tampoco la pausa que nos permite recargar energía entre una jornada y otra. Enchufarse al celular, entregarse al maratón de una serie no son ejercicios de ocio. El ocio no es pereza o inactividad. Es una improductividad noble y virtuosa que nos acerca a la felicidad.
Siguiendo la pista de Aristóteles, Callard ve en el ocio la experiencia esencial, aquello que imprime sentido a la vida humana. Cuando iba al museo con su hijo pequeño se daba cuenta que se aburría entre los pasillos llenos de cuadros y esculturas. Le propuso entonces un juego. Había que descubrir el secreto que se escondía en cada pieza de arte. En el momento en que su hijo empezó a acercarse a la pintura como un juego, cuando empezó a ver el arte como depositario de un misterio que él podía desentrañar, las visitas al museo se convirtieron en una aventura para ambos. A eso se refiere Callard cuando habla de la importancia del ocio: una actividad que escapa de la pinza utilitaria y que nos pone en contacto con lo valioso.
La apuesta por el ocio parece una empresa absurda en estos tiempos. Vivimos tiempos hostiles a las ocupaciones desinteresadas. Los teléfonos que cuentan nuestros pasos y escuchan nuestros ronquidos lanzan constantes exigencias laborales y nos drogan con sedantes. Nos distraen, atizan nuestra indignación, nos provocan risa y pánico, nos excitan y nos aplacan cancelando, con ese carrusel de emociones, la experiencia del ocio auténtico.
El ocio es el disfrute libre de un tiempo propio. Es una forma de vivir nuestro tiempo como si no estuviéramos prensados por exigencias externas. Es eso que haríamos si no tuviéramos hambre ni estuviéramos cansados. Lo que haríamos sin aspirar a una recompensa, lo que exploraríamos sin pretender ningún trofeo. La desgracia de las universidades, la tragedia de las humanidades es que se han convertido en preparativos del trabajo para unos y en distracciones improductivas para otros. La escuela no es preparación, dice Callard. La universidad no es una introducción a la vida. Debería ser vista como la vida misma: una fiesta de ociosos.