Nota del autor: Esta semana me levanté con la noticia de que los periódicos El Nuevo Día y Primera Hora se publicarán exclusivamente en formato digital. La noticia me generó sensaciones que no lograba entender y este escrito es un intento de comprenderlas.
José B. Negrón
José B. Negrón
Entro por la puerta y en el fondo le veo. En el sofá de la sala, sentado mientras lee con la televisión prendida está mi abuelo. Su mirada no se inmuta ante el bullicio del programa matutino, nada lo distrae de su lectura del periódico y en la mesita contigua descansan otros ejemplares del mismo día. Al acercarme, escucha los pasos, aparta los papeles de su cara, sonríe, me da un abrazo, un beso y me dice Dios te bendiga. Yo le devuelvo la sonrisa y le doy un abrazo, como haría un niño de cinco años. Esta es una de las memorias más vívidas que tengo sobre mi infancia. Soy muy pequeño para saber qué hay en esas páginas que se me prohíbe tocar porque los adultos me dicen que si las toco tengo que lavarme las manos porque me voy a manchar los dedos y dañaré la camisa blanca que me han regalado mis tíos. Apenas sé leer, pero mi curiosidad me lleva a observar atentamente a mi abuelo. Quiero saber más sobre esos papeles que manchan que lo mantienen tan concentrado. En ocasiones sonríe, en otras hace muecas o gruñidos. No sé si esto es algo bueno o malo, pero me doy cuenta de que esos papeles tienen el poder de generarle emociones. Observo que algunos de los papeles tienen fotos, en las fotos veo personas que reconozco de la televisión y empiezo a hacer preguntas sobre quiénes son esas personas. Mis familiares me explican, y aunque comprendo lo que me dicen, las explicaciones no son suficientes. Sé que hay mucho más que fotos en esos papeles y quiero saber qué dicen todas esas letras.
Con el pasar del tiempo aprendí a leer más allá de ma, me, mi, mo, mu y una tarde en la que mi abuelo había salido, entré a la sala y ahí estaba en la mesita, el periódico. Lo abrí en silencio como quien sabe que está haciendo algo prohibido, sin darme cuenta de que lo había abierto de atrás hacia adelante y me encontré con los Deportes. Imágenes y texto que ya era capaz de comprender. Como muchos de los niños de los 90, ya sabía reconocer a algunas de las figuras deportivas que aparecían en las fotos y fue cuando finalmente pude comenzar a descubrir lo que escondían esos papeles que manchan. Ahora cada vez que iba a casa de mis abuelos buscaba el periódico para abrirlo en orden inverso. Recuerdo que miraba cuántos rebotes había cogido Piculín, cómo iban en la tabla de posiciones del beisbol los Criollos de Caguas y cuántos puntos había hecho Picky Soto o Eva Cruz la noche anterior. También miraba si había alguna narración de alguna jugada de fantasía de Roberto Alomar y no podía faltar el buscar las fotos de la última pelea de Tito Trinidad.
Un día, por descuido, me pasé una página de más y llegué a las Esquelas. Este descubrimiento cambió mi vida. Pasé muchas horas de mi infancia en las esquelas fortaleciendo mi imaginación. Para ese entonces además de leer ya sabía algo de matemática y lo primero que me mantuvo ocupado fue el calcular cuántos años tenía la gente que moría. Cogía el año de la muerte y se lo restaba al año de nacimiento y podía saber la edad exacta que tenía cada persona. Durante este ejercicio me impresionó darme cuenta de que no hacía falta ser mayor para morirse. Había personas que morían a los 90 años, pero otras a los 30 e incluso había casos en que había hasta niños menores que yo. Mi mente no podía comprender del todo esto y me aterré al ser consciente de que para morirme solamente bastaba con estar vivo y que no hacía falta tener 100 años ni el pelo blanco.
Pasado un tiempo, me aburrí de calcular edades y comencé a leer con detenimiento las esquelas. Me comencé a fijar en las personas que las enviaban y su contenido. Había muchas variantes, desde una persona que perdía a su pareja y enviudaba hasta familias enteras que perdían a un ser querido y lo comunicaban de manera conjunta. Los roles de las personas que las enviaban eran muy variados: abuelos, padres, madres, hermanos, hijos, nietos, entre otros. En ocasiones además de dejar clara su relación con la persona fallecida, las personas compartían sus nombres junto con palabras de aliento en donde invitaban a amigos y otros familiares a que formaran parte del velatorio y/o entierro. Y era aquí donde mi juego mental comenzaba. Mi mente usaba la información de la esquela para crear una narración visual. Los nombres que leía adquirían forma. Les ponía cuerpo, ropa, facciones físicas, personalidades e incluso me imaginaba cómo era la relación entre ellos. Me hacía preguntas que luego iba contestando: ¿viven juntos? ¿viven cerca? ¿se comunican a menudo? ¿alguno de ellos tuvo que viajar desde otro lugar por la muerte de este familiar? ¿cómo era la persona que murió? ¿era graciosa? ¿se llevaba bien con las personas que han enviado la esquela? Las posibles combinaciones eran infinitas y con el poder de mi mente cada esquela se transformaba en un universo.
En una ocasión, mientras leía las esquelas me di cuenta de que un nombre aparecía tres veces. Esto era algo nuevo para mí. ¿Por qué esta persona tiene tres esquelas? ¿Se habrán equivocado? ¿Qué significa esto? ¿Tiene tres vidas? ¿Si tienes tres esquelas en vez de una, quiere decir que era más importante que el resto de las personas? En un ejercicio de revisión, comparé el nombre, los apellidos y la fecha de nacimiento y muerte de las esquelas. Al ver que todo coincidía, pasé a leerlas y entonces entendí que algunas personas además de haber sido importantes en su familia han formado parte de círculos sociales ya sea en la comunidad o en su trabajo y que al morir estos otros grupos sienten la necesidad de expresar lo que significa la pérdida de esta persona para ellos.
Con el pasar del tiempo, seguí aprendiendo más palabras lo que me llevó a leer cada vez más. Mi lectura ya no solamente se limitaba a los Deportes y las Esquelas, sino que abarcaba todo el periódico. Me di cuenta de que los temas que me interesaban los podía leer rápido y me sobraba tiempo. El aburrimiento me llevó a soltar el periódico que había leído y a abrir otro y es entonces cuando comprendí la razón por la que mi abuelo tenía varios periódicos del mismo día en la mesita. Me di cuenta de que ocurren muchas cosas como para que todas quepan en un solo lugar. No obstante, el mayor descubrimiento fue el darme cuenta de que un mismo evento tiene diferentes maneras de ser contado. Se usan diferentes palabras, diferentes imágenes y estas combinaciones pueden generar diferentes reacciones. Sentí que había descubierto algo importante y que el mundo se expandía ante mí. Ahora mi lectura no se limitaba a un periódico, sino que me leía dos y buscaba qué cosas solamente aparecían en uno y qué cosas aparecían en ambos y cómo se presentaban. Sin darme cuenta, había descubierto la importancia de tener varias fuentes de información.
Al incorporar en mi rutina la lectura del periódico comencé a reconocer el estilo de cada persona que escribía. Hasta el punto de llegar a generar cierta complicidad ficticia con ellas, como si al leerlas se hubiese creado una relación de amistad. A su vez, mientras seguía creciendo, leer el periódico se transformó en un acto de rebeldía y protesta silenciosa. En la escuela me mandaban a leer cuentos y novelas, pero siempre había que leerlas en un orden determinado. Se empezaba en la página número uno y no se paraba hasta llegar a la página que leyese FIN. Luego para comprobar la lectura, en los exámenes se incluían ejercicios de orden cronológico. Esto no pasaba en el periódico, el periódico era un espacio sin reglas en donde yo elegía el orden. Daba igual si empezaba leyendo la sección de los Deportes o la sección de Actualidad, la información era la misma. No había una manera correcta o incorrecta de leer y esto me fascinaba.
Los años han pasado y me sigue fascinando el periódico y el rol del papel como tecnología esencial. El papel ha sido el cimiento del mundo que conocemos y nos brinda un espacio o punto de encuentro íntimo y seguro (protección) cada vez más difícil de encontrar en el mundo digital. Es por eso que me tomó por sorpresa la noticia de que los periódicos El Nuevo Día y Primera Hora se publicarán exclusivamente en formato digital. La noticia en donde se comunica esta decisión comparte datos de varios estudios que justifican esta transformación. Por un lado, no tengo acceso a los estudios por lo que todas las preguntas sobre diseño metodológico que saltan a mi cabeza (para cuestionar esa decisión) están fuera de mi alcance y por otro lado comprendo que es una decisión de negocio y que la empresa no tiene la obligación de consultarnos ni mucho menos de compartirnos su proceso de toma de decisiones. Sin embargo, un dato que aparece en la noticia es la cantidad de personas en Puerto Rico que tienen celular (98%) y acceso al internet (95%). Es importante dejar claro que tener celular y acceso al internet no es equivalente a alfabetismo digital. A su vez, si bien los procesos digitales pueden ser favorables, en nuestro archipiélago en donde no tener electricidad se ha convertido en lo habitual, lo estrictamente digital pasa a ser un amplificador de la desigualdad social.
Si nos dejamos llevar estrictamente por porcentajes se corre el riesgo de invisibilizar a las personas detrás de esos números. Avanzar a veces implica alejarnos de las cifras y pararnos a pensar no solamente con quiénes avanzamos sino también a quiénes estamos dejando atrás. ¿Estamos dejando atrás a los adultos mayores que sin decir ni una sola palabra sembraron la semilla sobre la importancia de leer y mantenerse informado? ¿Estamos dejando atrás a menores de edad que viven en estado de pobreza y no tienen acceso a medios digitales? ¿Estamos dejando atrás a profesionales de la educación que utilizan el periódico como material didáctico?
Desconozco las respuestas a estas preguntas. Lo que sí sé es que al leer la noticia algo se removió en mí. No sabía muy bien qué ni por qué. Visité mis memorias y este escrito es un esfuerzo mental por dar respuesta a esas preguntas. Algunas personas dirán que es un escrito nostálgico, porque ya he llegado a esa edad en la que todo tiempo pasado era mejor. Y sí, es un escrito con nostalgia, pero no es la nostalgia lo que lo mueve. Lo mueve un sentimiento de defensa, porque me he dado cuenta de que el mundo digital que hoy conocemos no da espacio al aburrimiento. Sin embargo, el aburrimiento es crucial en la vida y nos ofrece una invitación a la observación y a la curiosidad. En mi caso, ese aburrimiento hizo que se me mancharan los dedos y en el proceso, los papeles que manchan me ayudaron a entender mejor el mundo en el que habito.