Si algo falla en nuestra industria es la forma en la que nos representamos lo que hacemos. Tiene enormes consecuencias en todo. En el programa de dirección de producto del Instituto Tramontana defiendo una representación en forma de historias.
A pesar de que el lenguaje y la comunicación son los principales materiales con los que trabajas, suelen ser al mismo tiempo la parte más descuidada. En muchos sentidos. Varios de ellos los hemos ido viendo a lo largo del programa, desde el trabajo con indicadores cuantitativos hasta el proceso de racionalizar el descubrimiento, y algunos otros se hacen aún más patentes cuando tienes que dar forma a eso que estás inventando.
Abrimos la sesión preguntándonos por este abandono de nuestro instrumento principal.
Efectos de una representación errónea
Cómo nos representamos lo que hacemos se entiende mejor viendo cómo hacemos producto digital. Nos dimos una vuelta por un material empírico que es abundante, del que extraes en el mejor de los casos una suerte de industria que trata las cosas que tiene entre manos como un material técnico que se descompone en distintas piezas.
Esa representación conduce, por ejemplo, a distorsionar la complejidad reduciéndola a listados de tareas. A menudo con un extraño lenguaje robótico que quiere emular listados de pasos para llegar a algo. Pero también es la causa de que los contextos y las oportunidades acaben diluidos en peticiones en forma de backlogs, donde con frecuencia se mezclan cosas totalmente heterogéneas, tanto desde el punto de vista de su complejidad como de su posible impacto.
Las user stories a menudo parecen un cadáver troceado.
Al mismo tiempo, la riqueza de los flujos y las experiencias suele mutilarse a través de fotos fijas mudas, que no están acompañadas de ninguna explicación de todas las decisiones que esconden. El fracaso de numerosas startups comienza en el momento en el que alguien congela una idea sin articular en un Figma. Una vez que esa solución proyectada -vacía de cualquier sentido- se aloja en las cabezas, el siguiente paso -su desmenuzamiento en conjuntos de tareas- se precipita sin que apenas puedas hacer nada. Antes de que te des cuenta, tendrás un producto que posiblemente descubre demasiado tarde que no responde a nada. En el mejor de los casos, habrás ejecutado rápido algo que no lleva a ningún sitio.
Cuando todo esto sucede, la estrategia, tal como la vimos en la sesión anterior, es una nota a pie de página.
Nuestros productos son historias
Estamos cableados para encontrar patrones de información y las historias es un medio en el que nos movemos especialmente bien. Mirar hacia las artes donde se inventan, se desarrollan, se cuentan, se orquestan y se materializan historias, es el mejor remedio curativo para no caer en todos los errores anteriores. Es el único camino para entender que realmente inventamos oportunidades y soluciones conectadas a contextos personales, culturales y sociales, donde únicamente cobran sentido.
Un producto puede ser entendido como una conversación.
"¿De qué trata el producto?" es una pregunta que se podría hacer alguien, igual que lo haría cuando está hablando de una película, una novela o una obra de teatro. "¿De qué trata la funcionalidad?". Después de eso pueden venir los detalles. Cuando la respondes es cuando empiezas a comprometerte con lo que importa en esa trama: tienes una referencia a partir de la cual poder sacrificar. Recuerda que lo digital, como hemos ido viendo en sesiones anteriores, crea una falsa sensación de abundancia ilimitada, por su propia plasticidad. Tener un esqueleto de historia es la mejor forma de saber dónde, cuándo, cómo y qué sacrificar.
Estuvimos practicando distintas formas de contar las funcionalidades como historias, combinando distintos materiales, extensiones y estructuras. Vimos los beneficios que tiene en términos de organización orientada a producto, al crear un lenguaje común, accesible y conectado a motivaciones que se pueden entender y comunicar.